
Prólogo del libro: Homenaje a Manuel Padorno, de la Academia Canaria de la Lengua |
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RAMÓN TRUJILLO. |
Hablar de Manuel Padorno no resulta en absoluto fácil, sobre todo si lo que se pretende no es un estudio crítico de su obra, que es lo que ya se ha hecho en este volumen de homenaje que ahora sale a la luz, sino una semblanza de su figura humana. Porque Padorno no era una persona que tuviera, además, la profesión de poeta, sino que era un poeta en estado permanente, un poeta en todos los actos de su vida, tanto cuando se hallaba de buen humor, como cuando se irritaba o se preocupaba. En todo momento, él construía un espacio verbal que suplantaba la aparente realidad. Tanto inventaba una palabra nueva, derivándola del acervo común del idioma, como alteraba el orden de las sílabas o saltaba sobre la sintaxis académica con una habilidad y una eficacia sorprendentes. Y todo eso sin contar con su innata capacidad para la medida y el ritmo; con ese instinto suyo para el endecasílabo perfecto. No me gustan los juicios de valor, pero sí debo, resumiendo lo dicho, insistir en algo que siempre me pareció obvio: lo que más sorprende en la lectura de los poemas de Padorno y, sobre todo en los de su última madurez, es lo poeta que era; esa manera exclusivamente personal de construir el texto, siguiendo, sobre cualquier otra cosa, las pautas internas del idioma siempre más allá de los hábitos de lo que suele considerarse desconsideradamente como correcto. A mí me sorprendió siempre esa capacidad que poseía para salirse de los moldes trillados de la sintaxis habitual y discurrir por senderos no transitados en la lengua escrita. Conexiones, relaciones, orden de las palabras, todo ello se desenvolvía en su poesía con una naturalidad sorprendente. Sabía encontrar la síntesis sintáctica de las ideas y reducirlas a su esqueleto gramatical de una manera instintiva. Al fin y al cabo esas “libertades” constituyen uno de los rasgos más notables de la lengua hablada, tan dada a reducir y a simplificar los modelos artificiosos que surgen de la imitación irreflexiva de los hábitos de la lengua escrita, tan sensible a la caducidad y tan alejada con frecuencia de la expresividad y de la invención lingüística. Hay en eso, pese a lo trabajado del lenguaje de Padorno, una tendencia constante a acercarse a las formas comunes de la sintaxis fraccionaria y sintética del hablar cotidiano. El mérito de Padorno y una de sus cualidades esenciales consiste justamente en tomar ese camino que es el propio del hablar popular y común y trabajar en la misma dirección de una manera genialmente intuitiva. No es que copie el habla cotidiana y vulgar, sino que sigue instintivamente sus pautas creativas, saltando siempre encima de cualquier academicismo moribundo. La escritura poética de Manuel Padorno es siempre un desafío a las formas generalizadas de la lengua escrita y a lo que para más de un purista pudiera parecer simple desaliño. Pero ese aparente desaliño sintáctico, tan característico sobre todo de su obra de madurez, no es más que eso, pura madurez, decisión definitiva, acierto final. Se trata siempre de una sintaxis difícil de analizar con los criterios normativos habituales; de una sintaxis que no pertenece a los manuales rutinarios de gramática, sino al verdadero orden gramatical del pensamiento. A Padorno lo guía el constante entusiasmo por la invención, tanto verbal, como cromática, como puramente sonora. Inventa esos paisajes marinos luminosos intensamente seductores, esos soles, esas irisaciones mágicas con que construye la visión atlántica de su poesía insular. No en balde, vivió fuera de las islas bastante tiempo y adquirió ese sentido universalista de los canarios que, como Odiseo, después del periplo obligatorio por el mundo que está más allá, vuelven a su tierra y proyectan sus experiencias en visiones que llevan más allá nuestros más acá, transformando los localismos anecdóticos en visiones universales, como son siempre estas imágenes marinas, con sus azules, sus blancos, sus verdes o sus rojos preñados de un curioso entusiasmo que yo calificaría de musical, pensando en su apasionada afición por Vivaldi, y lleno siempre de un espíritu musical, tan próximo, por otra parte, a la variedad cromática de sus dibujos.
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