
Manuel Padorno: la mirada arborescente* |
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Fernando Castro |
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La idea del “nómada urbano” nace en su primer viaje a Nueva York, en 1969. Allí lee en la prensa la noticia del fallecimiento de una señora que, pese a ser millonaria, practicaba una especie de nomadismo urbano, durmiendo en los portales de los rascacielos, a fin de poder gozar del espectáculo deslumbrante de la ciudad en la noche. Desde el zaguán de un rascacielos, Nueva York se divisa como si fuera un cuadro vertical y plano, con las líneas ascendentes de los perfiles arquitectónicos interrumpidos por la ranura horizontal del tragaluz. Sucedía esto mucho tiempo antes de que Manuel Padorno llegara a formalizar la idea del nomadismo urbano, en sus series sobre cartulina realizadas a finales de los años setenta (CanManhattan y Manhattan), y que en las grandes telas de Nómada urbano alcanzaría su plasmación más cabal. El principio de orden invocado en estas obras nos remite al diseño de una ciudad ideal, reflejo simbólico de la utopía arquitectónica de la vanguardia. Al aparecer la imagen de la metrópolis bañada por la luz envolvente de la razón, el espacio urbano se ofrece como el escenario profético donde el hombre nuevo sujeto implícito de la representación, vivirá una existencia emancipada. Tal optimismo histórico se manifiesta también en el carácter inmaterial de las estructuras arquitectónicas de la ciudad que, disueltas en la luz, diríase que son estructuras flotantes. La relación armónica que preside este diseño vanguardista de la ciudad del sol, viene dada por un módulo que Padorno extrajo de la arquitectura de Louis Sullivan(30): 11,3 x 8,4. La primera de las magnitudes es un rectángulo áureo de un cuadrado de 8 x 8; mientras que la segunda es un rectángulo áureo de un cuadrado de 6 x 6. Asimismo, la hipotenusa, diagonal del rectángulo base, sería el número 7, originándose una progresión formada por los números 6, 7 y 8. Padorno no aplica esta fórmula geométrica de un modo estricto, sino como un módulo que ordena la composición al establecer un contrapunto con las bandas horizontales(31). El amor a la arquitectura(32), que ha sido constante a lo largo de toda su vida, tal vez ayude a entender el vínculo que hay entre su doble vocación artística: la pintura y la poesía. ¿No será la arquitectura, en tanto que metáfora de una voluntad constructiva fundamentada en un principio de armonía universal lo que, para Padorno, constituye el nexo entre la pintura y la poesía? La arquitectura está siempre en el centro de la experiencia estética que alimenta su proceso creativo(33). El nómada urbano erige en su imaginación la ciudad del sol para que, al recorrer sus avenidas, encuentre las imágenes siempre nuevas de la poesía y la pintura. Aparte de Sullivan(34), mencionaré tan sólo los nombres de algunos de los arquitectos cuya obra más ha interesado a Manuel Padorno: Mies van der Rohe(35), Richard Neutra(36), Frank O. Ghery(37), Alejandro de la Sota(38), Sáenz de Oíza(39), Rafael Moneo(40), etc. Muchos de sus cuadros de este periodo están dedicados a estos arquitectos grabando sus nombres en la tela como un testimonio de su admiración por ellos. Como vemos, la sintaxis de Nómada urbano es muy compleja. Por una parte están los “cuadratines” de la parte superior del lienzo que constituyen el módulo geométrico que ordena toda la composición, de acuerdo con la proporción áurea antes descrita; pero también nos encontramos con una acentuación vertical que alude al sistema compositivo de Barnett Newmann, uno de los artistas de la Escuela de Nueva York más apreciados por Padorno. En 1983 Padorno introduce en el campo de color una referencia expresionista y trágica: Edvard Munich(41). Después de un viaje a Noruega, Padorno queda fascinado con la obra de este artista perteneciente a la tradición expresionista nórdica, en la que Robert Rosemblum encuadra también, como es sabido, a Mondrian y a Rothko. Esta connotación trágica, que se advierte no sólo en la gestualidad del trazo sino también la tensión provocada por las pinceladas diagonales, no cambia el signo estético al que está adscrita esta serie. Hay en esta subetapa (Nómada urbano: Munich(42)) una cita biográfica a Gauguin que me parece significativa por lo que apunta sobre la futura evolución de la obra pictórica de Manuel Padorno. Se trata del cuadro Café Volpini. Acaba de entrar Munich(43), título que alude a la estancia del pintor noruego en París y a su presencia en el local donde se celebró el famoso banquete-homenaje a Gauguin, antes de que éste emprendiera el viaje a Tahití. A Padorno empezaba a tentarle la posibilidad de realizar una pintura de visibilidad referencial. Y aunque todavía se mantiene fiel a la abstracción all over, ya las veladuras dejan traslucir las formas de algunos objetos(44). Así compone sus naturalezas muertas en las que hay referencias a Morandi y a Matisse. Exhibidas estas obras por primera vez en 1983, en la galería Aele de Madrid -en torno a la cual girará su actividad durante los próximos años-, ya se advierte en ellas un cierto abandono de la austeridad programática característica de las primeras obras de la serie. Acaso pudiera haber influido en dicho giro estético el descrédito en que cayó entonces, tras la muerte del dictador, la idea de compromiso que había presidido tanto la actividad política como la práctica artística española; en uno y otro campo, Padorno fue un militante de primera fila. En ese mismo año forma un grupo con otros dos artistas que, como él, trabajaban con la galería Aele: Francis Warringa y Don Herbert. La verdad es que no había mucho en común entre Padorno y estos dos pintores. La misma idea de grupo que era una herencia del espíritu de la vanguardia, resultaba anacrónica en plena época posmoderna. Fue en 1985 cuando Padorno empezó a abdicar de los principios compositivos y estéticos que habían marcado su producción pictórica desde hacía dos décadas. Citando palabras suyas, "quería violentar el campo de color, cornamentarlo". Y para ello eligió un tema racial hispánico: el toro(45). Es evidente que el expresionismo violento que connota la incrustación de las cornamentas naturales de unos toros de lidia en la superficie del lienzo era, en efecto, una auténtica agresión simbólica contra el campo de color(46). Tal decisión estética excluía el compromiso con el pasado: si quería dotar a su obra de una significación trágica, tenía que renegar del carácter contemplativo y analítico que ostentaba la serie Nómada urbano. La bestia representa a un tiempo la fuerza del instinto y la presencia ineluctable de la muerte. Este retorno a la naturaleza exigía la demolición del escenario arquitectónico en el que había depositado todas sus esperanzas utópicas en Nómada urbano. Al apagarse la luz de la utopía racionalista(47), que orienta al hombre en la búsqueda apasionada de un mundo mejor, retorna lo reprimido: el túnel de la historia no es más que un negro agujero por el que la bestia se escapa del laberinto. En la gestación de estos cuadros hay que mencionar una anécdota autobiográfica: durante muchos años Padorno vivió en un piso cercano a la Plaza de Toros de las Ventas (Madrid), y antes de cada corrida tenía por costumbre acudir al acto en que se muestran las reses que van a ser lidiadas. La “Capilla del Toreo (Homenaje al Yiyo”(48)), de quien Padorno era amigo, fue la obra más representativa de la serie. Es un espacio rectangular acotado por tres lienzos negros de grandes proporciones, entre los cuales se percibe la ritualidad escatológica de un acto sacrificial. Símbolo también de una España irredenta y trágica, la que Padorno conoció en los duros y amargos años de la lucha antifranquista y de la resistencia cultural, una España por cuyas libertades había luchado, y que abandonaría muy pronto para recuperar sus raíces canarias. Adelantándose imprevisiblemente a su retorno insular nace la serie Nómada marítimo (“Los 7 lienzos de Aele”). Vuelve a vivir a la sombra del mar, el mar atlántico que contempló en su niñez, el que cantó en su poesía antes de emigrar a Madrid(49). La naturaleza ya no es el escenario de un duelo, sino el espacio de la fruición inagotable. En su casa frente a la Playa de las Canteras continúan surgiendo las imágenes de la poesía y la pintura enhebradas y tejidas por el mismo hilo de la imaginación creadora: la carretera del atlántico, el árbol de luz, la gaviota de luz, etc. Su pintura ya no está bajo la advocación de Mondrian o Rothko, sino bajo la de Matisse y Guston. Pero ni el nómada urbanoera un asceta puro ni el nómada marítimo un hedonista sensual. El mundo creativo de Padorno tiene que ver tanto con el placer de los sentidos como con la emoción que el aura inaprensible de las cosas suscita; con lo visible y con lo invisible. El hindú que pasea por la Playa de las Canteras -protagonista de uno de sus poemas-(50) sueña por un momento que se baña en el Ganges. La vuelta al hogar, sobre la que gira toda la obra poética de Hölderlin, es la gran metáfora sobre el viaje espiritual. Tanto la poesía como la pintura de Padorno son etapas de este viaje; la gaviota y la carretera señalan el rumbo, siempre más allá del horizonte. Cuando "el nómada sale"..., cuando "el hombre sale al exterior"(51), y acata pacientemente la jurisdicción de la luz, la invisible arquitectura del ser se le revela. Sólo porque su mirada es arborescente, el árbol de luz crece dentro de él. Creación de una mitología personal. NOTAS 2.- Manuel Padorno, en Manuel Padorno. Nómada urbano, Catálogo del Museo Casa Colón, noviembre-diciembre 1981. 3.- Eduardo Westerdahl: "Reflexión sobre la reflexión del pintor Padorno", en Manuel Padorno. Nómada urbano, catálogo de la exposición de la Galería Leyendecker, febrero-marzo de 1982. 4.- Manuel Padorno, en Manuel Padorno. Nómada urbano, catálogo del Museo Casa Colón, noviembre-diciembre de1981. 5.- Referencia a “New Cork City 1” de Mondrian, 1942. 6.- Referencia a “Water Lillies-Reflextions of the Willow” de Monet, 1918-1925. * Catálogo de la exposición “Manuel Padorno, Nómada de la luz, Antología 1964–1994”, Centro de Arte La Regenta, Las Palmas de Gran Canaria, 1994. |